Fotografía: Erick Perales
Durante medio siglo, entre telas, agujas y oraciones silenciosas, doña Magdalena Vera Castelán ha construido una vida alrededor del Niño Dios.
No lo planeó así: el oficio llegó a ella en un momento de dolor y se quedó para siempre.
“Aprendí este oficio; tenía internado a mi padrastro y choqué con una persona que traía un Niño Dios. La señora se enojó conmigo; sin embargo, le pedí besar al niño. ‘Acaba de morir mi padrastro, entiéndame’”, recuerda.
A partir de ese encuentro inesperado nació la inquietud por aprender a vestir imágenes, aunque, admite, no fue fácil al inicio.
Con los años, Magdalena asegura haber sido testigo de situaciones que no logra explicar del todo: Habla de Niños Dios que “sudan” al ser colocados en las bolsas, episodios que para ella refuerzan la carga espiritual de su trabajo.
Esa misma convicción fue la que, poco a poco, contagió a su familia, y hoy el oficio es colectivo: cuatro de sus hijos —entre ellos Olga, Carlos y Tino—, además de nueras y yernos, continúan la tradición en la iglesia de La Villita.
Para la familia Vera, el Día de la Candelaria no se vive como para el resto: “El 2 de febrero es cuando más trabajo hay”, explican, por lo que su festejo se recorre una semana después, cuando el ritmo baja y pueden reunirse.
Magdalena, además, tiene una devoción particular, ya que suele vestir a su Niño Dios de doctor o con motivos de salud.
No es casualidad: ha sobrevivido a siete cirugías y, en solo un año, perdió a dos sobrinos, dos hermanos y a su madre; vestirlo así es, dice, una manera de seguir pidiendo vida.
El cambio de sede del primer cuadro de la ciudad, de la iglesia de la Asunción a la iglesia de La Villita, sí les ha pasado factura.
Reconocen que las ventas han disminuido, aunque se mantienen al margen del conflicto comercial que se vivió en noviembre; “nuestro giro es religioso”, aclaran.
KNM