Fotografía: Erick Perales
El aumento al pasaje no solo se mide en monedas, también en desagrado; en las paradas de combis de Mineral de la Reforma, el cambio de 10 a 12 pesos se comenta entre miradas cansadas y relojes apurados; la rutina sigue, pero con un ligero peso extra en el bolsillo.
Yeimy, con audífonos y mochila al hombro, calcula sus trayectos de la semana, usa el Tuzobús la mayor parte del tiempo, pero hay días en los que no hay de otra: la combi es el único enlace posible.
“Es un poco alto”, dice, sin dramatizar, como quien ya está acostumbrada a ajustar; aún así, la expectativa es la misma que se repite entre pasajeros: si cuesta más, debería notarse.
En otra parada, Alejandra Padilla espera de pie, mirando cómo una unidad pasa de largo, llena; no es raro.
“Luego van muy rápido o no cabemos”, comenta. Para ella, el transporte no es opción, es necesidad diaria: mañana y tarde, sin margen de error.
Habla de apretujones, de prisa, de trayectos que parecen más largos de lo que marcan los kilómetros.
Del otro lado del volante, Eliseo Alonso también hace cuentas: conduce una combi desde hace años y sabe que cada subida de precio tiene doble filo.
“Las refacciones son carísimas”, explica, y el aumento al pasaje no siempre significa más ingreso; muchas veces apenas alcanza para cubrir lo que también sube: gasolina, mantenimiento, cuotas.
Entre pasajeros y operadores hay una coincidencia silenciosa: el sistema necesita algo más que ajustes al costo.
En el ir y venir de las combis, entre frenones y conversaciones breves, queda la sensación de que el servicio arrastra pendientes.
Y mientras el cambio entra en vigor, la expectativa viaja junto a ellos, esperando que, esta vez, sí llegue a su destino.
El alza ya es una realidad; ahora, usuarios esperan cambios visibles en unidades, trato y tiempos que hagan valer cada peso pagado.